Ya puestos a contar cosas sobre mi, para que luego digan que solo hablo de mis vecinos, pues veréis lo que me ocurrió:
Vivo solo, pero hace unos años estuve a punto de conformar una pareja, estaba yo recién jubilado y aconsejado por otros compañeros empecé a frecuentar los bailes y excursiones de un club de jubilados muy animado que hay en el barrio. No es por presumir pero enseguida tuve a mi alrededor un enjambre de dulces jubiladas, casi todas viudas por cierto, que solicitaban mi presencia constantemente, en los bailes era el rey de la pista y en las excursiones se peleaban por ocupar un asiento junto al mío. De entre todas ellas ninguna terminaba de gustarme, unas por su físico, otras por su chochez y otras por demasiado empalagosas y zalameras.
El caso es que la diversión no me faltaba y semana tras semana disfrutaba de bailes y excursiones con sus correspondientes escarceos amorosos. Pero un día que fuimos a pasar un fin de semana a Cuenca coincidimos en el hotel con otras dos excursiones de jubilados. El sábado por la mañana visitamos las casas colgantes y varias veces nos cruzamos con los otros grupos de jubilados y algunas de ellas como chiquillas se agarraban fuerte del brazo riéndose y no dejaban de mirarme girando el cuello hasta donde la artrosis les permitía.
Esa misma noche había baile en el hotel y en un momento dado, cuando el ambiente estaba en su más dicharachera plenitud, estando yo rodeado de mujeres que me solicitaban un bailecito, se apagaron las luces y sin darme tiempo a reaccionar una de ellas me agarró de la mano acercándome a su cuerpo para abrazarme y besarme amorosamente. Nunca en la vida me habían besado así, jamás mis labios conocieron tanta dulzura, cerré los ojos y me deje llevar por el placer. No se cuanto tiempo pasó, unos segundos, minutos quizás, pero al cabo de ese instante volvieron las luces y se separó de mi, tan embelesado estaba yo que me quedé con lo ojos cerrados y los labios fruncidos tratando de retener ese fantástico beso. Cuando abrí los ojos de nuevo, siete u ocho señoras revoloteaban a mi alrededor y antes de que pudiera fijarme en ninguna de ellas para identificar a mi amada se volvió a ir la luz. Después aparecieron unos camareros con velas y nos invitaron a abandonar la sala esgrimiendo la excusa de que el apagón no tenía remedio y era menester suspender el baile.
Que lástima, cuando por fin tuve a mi alcance una mujer dulce y apasionada la perdí por un apagón. Regresé a mi habitación cabizbajo y melancólico, al desnudarme me encontré con una sorpresa increíble, del bolsillo de mi camisa saqué una dentadura postiza, sin duda la de mi amada que debió perder al separarse de mi precipitadamente. La guardé en un estuchito igualito que el mío, que siempre llevo de repuesto por si acaso, y a la mañana siguiente me lancé veloz y esperanzado en busca de la dueña de esa dentadura deseoso de colocársela en su dulce boca y besarla otra vez.
Busqué entre las mesas del restaurante que a esas horas estaba abarrotado de clientes del Inserso que no suelen perdonar un desayuno buffet como el que ofrecía este hotel. Esperaba encontrar a esa dulce mujer chupando las tostadas con su boca desdentada pero todas las que vi masticaban como leonas mientras me guiñaban un ojo al verme tan interesado en sus movimientos. Fue en vano, sin dudad avergonzada, ni siquiera bajo a desayunar, así que partimos cada uno a su destino, separados por un apagón pero unidos por una prótesis misteriosa.
Desde entonces guardo ese tesoro en mi mesilla de noche y muchas veces al acostarme la saco y la dejo en un vasito de agua, junto a la mía y sueño que estamos los dos, uno al lado del otro, tan juntitos como nuestras dentaduras.
Ya puestos a contar cosas sobre mi, para que luego digan que solo hablo de mis vecinos, pues veréis lo que me ocurrió:
Vivo solo, pero hace unos años estuve a punto de conformar una pareja, estaba yo recién jubilado y aconsejado por otros compañeros empecé a frecuentar los bailes y excursiones de un club de jubilados muy animado que hay en el barrio. No es por presumir pero enseguida tuve a mi alrededor un enjambre de dulces jubiladas, casi todas viudas por cierto, que solicitaban mi presencia constantemente, en los bailes era el rey de la pista y en las excursiones se peleaban por ocupar un asiento junto al mío. De entre todas ellas ninguna terminaba de gustarme, unas por su físico, otras por su chochez y otras por demasiado empalagosas y zalameras.
El caso es que la diversión no me faltaba y semana tras semana disfrutaba de bailes y excursiones con sus correspondientes escarceos amorosos. Pero un día que fuimos a pasar un fin de semana a Cuenca coincidimos en el hotel con otras dos excursiones de jubilados. El sábado por la mañana visitamos las casas colgantes y varias veces nos cruzamos con los otros grupos de jubilados y algunas de ellas como chiquillas se agarraban fuerte del brazo riéndose y no dejaban de mirarme girando el cuello hasta donde la artrosis les permitía.
Esa misma noche había baile en el hotel y en un momento dado, cuando el ambiente estaba en su más dicharachera plenitud, estando yo rodeado de mujeres que me solicitaban un bailecito, se apagaron las luces y sin darme tiempo a reaccionar una de ellas me agarró de la mano acercándome a su cuerpo para abrazarme y besarme amorosamente. Nunca en la vida me habían besado así, jamás mis labios conocieron tanta dulzura, cerré los ojos y me deje llevar por el placer. No se cuanto tiempo pasó, unos segundos, minutos quizás, pero al cabo de ese instante volvieron las luces y se separó de mi, tan embelesado estaba yo que me quedé con lo ojos cerrados y los labios fruncidos tratando de retener ese fantástico beso. Cuando abrí los ojos de nuevo, siete u ocho señoras revoloteaban a mi alrededor y antes de que pudiera fijarme en ninguna de ellas para identificar a mi amada se volvió a ir la luz. Después aparecieron unos camareros con velas y nos invitaron a abandonar la sala esgrimiendo la excusa de que el apagón no tenía remedio y era menester suspender el baile.
Que lástima, cuando por fin tuve a mi alcance una mujer dulce y apasionada la perdí por un apagón. Regresé a mi habitación cabizbajo y melancólico, al desnudarme me encontré con una sorpresa increíble, del bolsillo de mi camisa saqué una dentadura postiza, sin duda la de mi amada que debió perder al separarse de mi precipitadamente. La guardé en un estuchito igualito que el mío, que siempre llevo de repuesto por si acaso, y a la mañana siguiente me lancé veloz y esperanzado en busca de la dueña de esa dentadura deseoso de colocársela en su dulce boca y besarla otra vez.
Busqué entre las mesas del restaurante que a esas horas estaba abarrotado de clientes del Inserso que no suelen perdonar un desayuno buffet como el que ofrecía este hotel. Esperaba encontrar a esa dulce mujer chupando las tostadas con su boca desdentada pero todas las que vi masticaban como leonas mientras me guiñaban un ojo al verme tan interesado en sus movimientos. Fue en vano, sin dudad avergonzada, ni siquiera bajo a desayunar, así que partimos cada uno a su destino, separados por un apagón pero unidos por una prótesis misteriosa.
Desde entonces guardo ese tesoro en mi mesilla de noche y muchas veces al acostarme la saco y la dejo en un vasito de agua, junto a la mía y sueño que estamos los dos, uno al lado del otro, tan juntitos como nuestras dentaduras.

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